domingo, 7 de febrero de 2010

Firenze, 1497


El humo se levantaba hacia el dorado cielo de Firenze aquel atardecer del Martedì Grasso de Carnaval…era la columna gris, oscura y no obstante purificadora del fuego de la vanidad, ardiendo en el centro de la piazza della Segnoria…
Grupos de jóvenes iban de un lado para otro, desde las cuatro esquinas de la ciudad, trayendo todo cuanto encontraban en las casas, todo cuanto había llevado a la ciudad de los Medici a la depravación, al lujo, a la vida disoluta a la que se había dado en las últimas décadas…ahora ya no seguirían corrompiendo a la nobilísima capital toscana, ahora él velaba por el bien de sus honrados ciudadanos…

Allí estaba, la cara corvina sobresaliendo de entre la capucha negra: una nariz protuberante y aguileña, los labios carnosos y los ojos pequeños y grisáceos por la columna de humo que se levantaba por encima de la torre del Palazzo Vecchio…como un cuervo en lo alto de su sitial, observando cómo bocetos, estatuas, espejos, tableros de ajedrez, libros, retablos, panfletos, instrumentos de cosmética, tocados femeninos…ardían en aquel fuego que purgaba el pecado de aquella ciudad, aquel fuego que él mismo, Girolamo Savonarola, había prendido en el corazón de la urbe.

Un grupo de muchachos acudieron a toda prisa, portando cuantos libros podían acarrear en su saco de lona, que vaciaron estrepitosamente en la fogata. De mulieribus claris, de Bocaccio, fue arrojado a las llamas junto a una serie de panfletos franceses con ilustraciones eróticas: todo debía arder, sólo así los florentinos se salvarían de las llamas del Infierno. El pueblo se acercaba al fuego, se agolpaba para observar lo que ocurría en aquel auto de fe purificador.
Savonarola, con el crucifijo de madera en su mano derecha, oró en voz alta, pidiendo el perdón para sus hermanos…
Uno de los jóvenes dominicos que lo flanqueaban señaló a un hombre de pelo claro y alborotado: Alessandro Sandro Botticceli, protegido de Lorenzo de´Medici, lanzaba contra la hoguera algunos pergaminos con dibujos a carboncillo y varias tablillas pintadas. En sus ojos irritados se vislumbraban lágrimas contenidas, atribuídas por él mismo, siempre fiel al nuevo señor de Firenze, a la fuerza del humo que estaba consumiendo sus obras allí mismo…

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